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El Minuto Seis
El otro día se me cayó un diente.
De abajo.
Estaba lavándome los dientes y noté algo raro.
Duro.
Liso.
Rectangular.
Al principio creí que era un trozo duro de la pasta de dientes.
Pero no recordaba haberlo visto en el tubo.
Al sacarlo de la boca me di cuenta lo que era.
Una de mis paletas perfectamente cortada por abajo.
Mi cara ante el espejo,
comprobando la falta de la pieza,
era un poema.
Como siempre,
me ocurrió en el mejor momento.
A un minuto de entrar en una grabación por Zoom
y en mitad de una semana imposible de trabajo.
Mis dos hijos esperándome abajo para ir a la playa.
Sin cobertura.
De vacaciones.
Sin ningún dentista de confianza.
Bravo.
Ahora te podría decir que lo racionalicé todo,
me di cuenta de que no era tan grave
y mantuve la calma absoluta mientras jugaba al Lego con mi diente.
Pero te estaría mintiendo.
Y no me gusta mentir.
Mis reacciones fueron las siguiente:
Incredulidad absoluta.
Ira contra el Universo por lo que me estaba sucediendo.
Tristeza infinita ante tanta injusticia.
Lo único positivo es que pasé por todas ellas en unos cinco minutos.
Luego me pasó lo de siempre.
Entré en modo acción.
Dejé de compadecerme de mi mismo,
abandoné el victimismo del pobre niño rico
y llamé a mi dentista en Zurich,
mientras le escribía a mi hermana para que se ocupara de los babys.
Tres horas y siete clínicas después,
conseguí que un ángel con zuecos de odontóloga
lograra pegarme el diente de la mejor manera posible.
No es una solución definitiva,
pero al menos dejas de estar mellado.
Me encantan las expresiones andaluzas.
“Mellado”.
Love it.
Nunca es tan malo como imaginamos.
Nunca.
Y nunca merece la pena sufrir por duplicado.
La primera, antes de que suceda eso que tanto tememos.
La segunda, si finalmente sucede.
Que mucha veces,
ni pasa.
Pero es normal.
Nos ahogamos en vasos de agua
y nos dejamos llevar por los momentos de estrés.
No creo que se puedan evitar esos minutos de desesperación.
Al menos, yo no puedo.
Ni con mindfulness,
ni con tres vodkas seguidos.
Ese momentito de querer mandarlo todo a la verga
siempre está ahí.
Lo importante es el después.
El minuto seis.
Cuando dejas de llorar y te preguntas:
¿Ahora qué, Iñaki?
¿Nos dejamos arrastrar por la dificultades?
¿O movemos el puto culo y lo solucionamos?
Es tan fácil como eso.
Te lo prometo.
No siempre puedes elegir lo que te pasa.
Ni siquiera puedes elegir cómo reaccionas durante esos primeros cinco minutos.
Pero sí puedes decidir qué haces en el sexto.
Y lo mejor de todo,
es que la decisión siempre está en tus manos.
Siempre.
Te leo.
Iñaki Arcocha
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