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Empieza Hoy
Hace unas semanas estuve en París con los niños y mi hermana.
Viaje de primos,
y de hermanos ya puestos,
para pasar unos días en Eurodisney.
Además de sobrevivir a un aneurisma por tanta montaña rusa,
nos dio tiempo a visitar París el último día.
Y, como no,
había que ver la torre Eiffel.
Maravillosa.
Única.
Espectacular.
Y sobre la que orbitan infinidad de leyendas e inexactitudes.
La principal es que Gustave Eiffel la diseñó.
No fue así.
Fueron dos de sus ingenieros quienes ganaron el concurso organizado para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa.
Eiffel puso su nombre,
su prestigio
y se convirtió en el gran defensor del proyecto.
Tampoco nació para quedarse.
La concesión era por tan solo 20 años.
Después,
debía desaparecer
y el terreno devolverse a la ciudad de París.
Y, por si fuera poco,
los parisinos tampoco la recibieron con los brazos abiertos.
Al contrario.
Intelectuales de la talla de Alexandre Dumas hijo o Guy de Maupassant,
se opusieron ferozmente.
Por no ser cierto,
no lo es ni siquiera el color actual.
Ha cambiado seis veces desde que se inauguró.
Llegóa a ser incluso roja….
¿Por qué ha durado tanto?
Ahí sí que entre en juego el genio de Eiffel.
Mientras la mayoría discutía de estética,
él habló de utilidad.
Convenció al ejército francés de mantener la torre.
Su altura,
descomunal para la época,
la convertía en un enclave único para experimentos científicos.
Por ejemplo, la incipiente tecnología de comunicación inalámbrica mediante antenas.
Aquella decisión,
por encima de todo lo demás,
es lo que salvó la torre.
Hoy en día, esa infraestructura sigue formando parte del monumento.
Y aquel proyecto temporal,
polémico
y con fecha de caducidad,
ha terminado convirtiéndose en el símbolo más reconocible de Francia.
Eiffel no se rindió.
Eiffel no se dejó llevar por las críticas.
Eiffel no hizo lo que todos los demás.
No.
Donde todos veían problemas,
él vió una oportunidad.
Y dónde todos veían una monstruosidad de hierro,
él vislumbró el futuro.
La mayoría de la gente cree que le falta una gran idea para triunfar.
Que todo está inventado.
Que llegan tarde.
Que los demás tuvieron suerte,
vivieron tiempo mejores
o tienen talentos que ellos no.
Mentira.
Lo que les falta es un fuego interior que les empuje más allá.
No se levantan con hambre por la mañana.
No se acuestan con la satisfacción del trabajo bien hecho.
No se sientan en el sofá exhaustos sino rendidos.
No hacen lo que saben que tienen que hacer.
La mayoría de las veces,
la diferencia entre una locura y una genialidad,
son las ganas que le pongas en ello.
No necesitas ser un ingeniero visionario.
Necesitas encontrar aquello que haga imposible que abandones.
Porque dentro de un tiempo,
no se te recordará por las veces que dudaste.
Sólo se acordarán lo que fuiste capaz de crear.
Empieza hoy.
Te leo.
Iñaki Arcocha
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