Escucha

A veces es más que suficiente

Te reconozco que me ha pasado varias veces a lo largo de mi vida.

No muchísimas.

Pero sí varias.

Más de una.

Y de dos.

Y de tres.

La última me cambió la vida para siempre.

Para bien.

Para mejor.

Para vivir una fantasía que sé que nunca terminará.

La primera vez no tengo tan claro cuándo fue.

Quizás con siete u ocho años.

La que recuerdo bien fue la del camarero de Lanzarote.

Mi padre aún vivía, así que yo no debía tener mucho más de diez años.

En aquellos años aún era un niño gordo con una dieta bastante restrictiva.

No porque quisiera adelgazar -eso vendría después-,

sino porque no me gustaba casi nada.

Eso ha mejorado algo con los años,

pero no todo lo que me gustaría.

El caso es que en Canarias el menú era sencillo:

papas arrugás y helado.

Mucho helado.

Solía ir al bar de la urbanización a media tarde,

cuando aún no había vuelto la gente de la playa.

Me encontraba casi siempre camarero,

que ya sabía a lo que iba:

dos copas de helado de vainilla

con chocolate por encima.

Todos los días.

Todos.

Así estaba.

Uno de esos días….sucedió.

Sin saber cómo,

el camarero empezó a contarme toda su vida.

Toda es toda.

Su sueños frustrados de juventud.

Los estudios que nunca pudo poner en práctica.

La frustración de un trabajo que no le llenaba.

El divorcio traumático.

La distancia con sus hijos.

Todas y cada una de sus miserias,

expuestas ante mí de par en par.

Obviamente, yo entendía lo que entendía

y poco le podía aportar.

Sólo escuchar.

Y por eso me lo contó todo.

Al final -quizá sintiéndose mal por volcar sus problemas

en un chaval de diez años-

se ofreció a entrenarme durante los días que estuviera allí

y a darme unos consejos para mejorar mi físico.

Nada de eso sucedió.

Aunque seguimos con el ritual de helados

y conversación a media tarde.

Ya sobre otros temas más propios de mi edad.

Ni en esa ocasión ni en las demás

he sabido nunca por qué algunas personas

me cuentan tantas intimidades siendo un desconocido.

Y ellas tampoco lo saben.

Para mí, esas ocasiones son regalos de la vida.

No todos los días tienes la oportunidad

de ayudar a alguien de manera desinteresada.

De aliviar el dolor de un alma rota

haciendo algo tan simple como escuchar.

Como estar ahí.

Sin juzgar.

Sin censurar.

Sin ni siquiera opinar.

A veces es tan sencillo como eso.

Como estar ahí para otro ser humano.

Para que sepa que no está solo.

Que a alguien le importa.

Que alguien le entiende.

Y que siempre podrá contar

con un hombro en el que llorar.

Piensa que es muy posible

que, algún día,

el que esté al otro lado de la barra,

seas tú.

Te leo.

Iñaki Arcocha

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