Los Tres Mosqueteros

Abraza tu responsabilidad

Buah.

Menudo fin de semana.

Terrible.

Solo ante el peligro con las tres criaturas.

Mi amada esposa en Kosovo.

No preguntes.

No era la primera vez que me enfrentaba a los tres mosqueteros.

Pero no contaba con ciertos detallitos sin importancia.

El primero: fin de semana de lluvia en Zurich.

El encierro domiciliario alimenta la imaginación de las fieras.

El aburrimiento de los menores de edad es el arma más peligrosa del universo.

Segundo: a mi nunca suficientemente amada hija de once meses….

…se le ocurrió que era el mejor momento de sacar setecientos dientes a la vez.

Bendita sea.

Te prometo que yo lo intenté.

Di lo mejor de mí.

Me enfrente a esa pesadilla de todos los padres:

los parques de bolas en días de lluvia.

Qué maravilla tan gozosa.

Cuatro horas para conseguir aparcar mientras mis hijos juegan al canibalismo en la parte trasera.

Lo mejor para el cortisol.

Luego otras dos horas haciendo malabarismos con la niña en brazos

-no se puede meter el carrito-

mientras tus hijos mayores no entienden que no te puedes tirar por un tobogán con un bebé encima.

Alabado sea el Señor.

Por supuesto, todo regado con un hilo musical de gritos y lloros interminables,

la taquicardia de mi propio corazón a punto de desmadrarse

y la corva insensible después de la quincuagésima novena vez que recogí un chupete.

No me voy a poner la medalla de padre del año.

Perdí los nervios varias veces.

Miré en ChatGPT los efectos secundarios de narcotizar a niños pequeños.

Y, por supuesto, me di al alcohol nocturno mientras rezaba porque nadie se despertara en mitad de la noche.

Spoiler: sí se despertaron.

Todos.

Pero ¿sabes otra cosa?

No lo cambiaría por nada del mundo.

No por masoquismo,

sino por responsabilidad.

Nadie me ha obligado a tener hijos.

Yo he querido tenerlos.

Nadie me ha obligado a volver a ser padre con 45.

Es lo mejor que hecho en mi vida.

Que algo sea duro no lo hace peor.

Al revés.

Significa que te gusta tanto,

que lo quieres de tal manera,

que no importa que duela.

Que no importa que te desespera en ocasiones.

Que te lleve a límites que no conocías.

Todo merece la pena.

Todo tiene un sentido.

Sobre todo cuando, al dejar a tus hijos en el colegio, te dicen:

Te vamos a echar de menos, aita.

Entonces sonríes.

Te das la vuelta para que no te vean llorar.

Y dejas a tu hija en la guardería después de darle el beso más profundo de tu vida.

Abraza tu responsabilidad.

Cuando te guste.

Y cuando no.

Porque algún día

será ella la que te abrace a ti.

Te leo.

Iñaki Arcocha

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