Pierdo el Avión

Una vez más

Vuelo a México.

Escala en Frankfurt.

Una hora y veinte de margen.

Justo.

Pero suficiente.

O…no.

El vuelo de Zurich sale treinta y cinco minutos tarde.

Un pasajero había enviado la maleta por adelantado.

Pero al final no se presentó.

Nos anuncian que, por seguridad, deben bajarla del avión.

Y que, por tanto, perdemos el slot de salida.

La chica sentada delante de mí empieza a llorar desconsoladamente.

Tendrá unos veinte años.

La primera azafata le trae un peluche con forma de avión.

La segunda, un vaso de agua.

Y además la abraza.

Qué buen presagio.

Despegamos.

El vuelo dura treinta y ocho minutos.

Unos cinco menos de lo previsto.

Bien.

O…no.

Pasan cinco minutos parados en la puerta y seguimos sin desembarcar.

Siete minutos.

Diez.

Mi embarque para México empiece en quince.

Y tengo que cruzar uno de los aeropuertos más grandes de Europa.

Interesante.

Finalmente nos anuncian que el finger no funciona

y que viene un autobús para llevarnos a la terminal.

Para más inri,

nos sacan por la puerta de atrás.

Y yo voy en business.

Asiento 3F.

Grande.

Emoción.

El autobús se para en todos los cruces,

señales,

semáforos

y pasos de cebra

que el mundo haya conocido.

Sudor frío.

Llego a la terminal con el tiempo cumplido.

El embarque ya ha debido comenzar.

Tengo que cambiar de terminal cogiendo un ascensor que, por supuesto, no funciona.

Así que subo los cuatro piso a pie con:

la maleta,

mochila,

el portatrajes

y una bolsa llena de chocolates suizos.

Ese sí que es mi bien más preciado.

Sin eso los clientes no me abren la puerta.

Puerta de embarque B38.

Lo has adivinado.

La última de toda la terminal.

Empiezo a correr.

Han pasado casi veinte minutos del inicio del embarque.

Llego por fin a la puerta y….

el vuelo está retrasado media hora.

Justo en ese momento lo anuncian y actualizan en los monitores.

Gracias.

Por nada digo.

Sólo le suceden imprevistos a los que viven.

Quedándote sentado en casa seguro que no te pasará nada malo.

Pero tampoco nada bueno.

Simplemente no vivirás.

Dejarás la vida pasar.

Hay otra lección tan importante como esta o más.

Nunca te dejes llevar por el pánico.

Ni te pongas en el peor escenario posible.

Porque casi nunca sucede como temes.

Y cuando lo hace

raramente es tan terrible como imaginabas.

Te lo digo yo

que ahora mismo estoy volando a México

mientras disfruto de una copa de champán.

A tu saludo

Te leo.

Iñaki Arcocha

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