Que No llegue el Lunes

Ya lo conté hace tiempo.

Cuando la news era mucho más pequeña.

Es una de las historia de mi libro:

50 Historias, 50 Meditaciones Modernas.

En aquél email contaba lo que pasó al día siguiente.

Cuando mi padre falleció y volví al colegio.

Primero, un viernes, a modo de readaptación.

Llevaba varios días sin ir a clase

y los profesores entendieron que era la mejor manera de regresar.

No hay un manual que te diga cómo ayudar a un niño de 12 años que acaba de perder a su padre.

Hicieron lo que pudieron.

Igual que mis hermanas y mi madre,

que bastante tenían con recoger los pedazos de su propia vida.

Aquél viernes todo fueron abrazos,

risas

y palabras de ánimo.

Incluso los compañeros con los que estaba enfadado en ese momento,

por cualquier chorrada,

vinieron a hablarme y animarme.

De hecho,

fueron los más efusivos.

Pasó el finde de semana.

Y el lunes volví al colegio.

Pero la vida ya había pasado de largo.

Yo pensaba que me seguirían preguntando cómo estaba.

Cómo lo llevaba.

Si necesitaba algo.

Mi padre seguía muerto.

Y yo seguía sintiéndome solo.

Nadie lo hizo.

Ni uno solo.

Teníamos 12 años, recuerda.

Un fin de semana era un universo de tiempo.

Esa fue la primera vez que comprendí una de las grandes verdades de la vida.

Que el mundo sigue avanzando.

Que el dolor ajeno tiene fecha de caducidad.

Que las tragedias se sufren en tu círculo más cercano.

Y que, al final,

nadie vendrá a sacarte las castañas del fuego.

Tendrás que hacerlo tú.

No pasa nada.

Es ley de vida.

Pero no tiene por qué ser siempre así.

Se puede hacer más.

Mucho más.

Por favor,

no dejes que le pase esto al pueblo venezolano.

No permitas que la vida nos atropelle

y nos olvidemos de ellos.

No les dejemos solos en mitad de la desolación.

Se ha destruido una ciudad, Caracas,

de un país que lleva más de veinte años destruido.

Hay edificios que quizás nunca vuelvan a levantarse.

Carreteras que tal vez jamás vuelvan a asfaltarse.

Eso es lo de menos.

Lo importante son los más de 50.000 desaparecidos.

Los miles de muertos.

Las familias rotas para siempre.

No consigo quitármelo de la cabeza.

Tampoco quiero.

El sábado te pedí un favor.

Que ayudaras.

Esta la tarde,

en mi newsletter de finanzas,

te diré dónde voy a donar yo.

Te contaré cuánto voy a aportar.

Y el incentivo que voy a darte para que tú también ayudes.

Sé que lo ibas a hacer igualmente.

Pero si puedo contribuir a que hagas un esfuerzo mayor,

lo haré.

Porque merece la pena.

No puedo evitar que les llegue el mismo lunes que me llegó a mí.

Pero sí puedo intentar retrasarlo lo máximo posible.

Y que cuando llegue,

hacer todo lo que esté en mi mano para que no tengan que afrontarlo solos.

No quiero que caigan en el olvido.

Ayuda al pueblo venezolano.

Todo lo que des,

te volverá de formas que ni siquiera puedes imaginar.

Te lo garantizo.

Gracias de corazón.

Te leo.

Iñaki Arcocha

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