Tu mayor maestro

El otro día acudí a mi cita semanal con el podcast de Fernando Miralles.

Excelso comunicador.

Maravilloso entrevistador.

Grandísimo amigo.

En esa ocasión le tocó el turno Pepe García,

“El Estoico”,

de quien había visto cosilla allí y allá,

pero nunca una entrevista completa.

Me encantó.

Una parte en especial.

Cuando comentó que tuvo que dejar unas meditaciones muy exigentes jusnto cuando estaba a punto de ser padre por primera vez.

La meditación era una locura en sí misma.

Comenzaba a las 7:00 am todos los días

y durante la primera hora

no se decía ni una palabra.

Profundo silencio.

Respiración.

Nada más.

A la hora empezaba la parte guiada.

Cuando su mujer acaba de dar a luz,

llamó a su maestro y le comentó que no podría seguir.

El horario y el tiempo necesario para la meditación eran incompatibles con el nuevo miembro de la familia.

Tenía miedo de que no le entendiera.

Que pensara que era un flojo.

O que se había buscado una excusa conveniente para dejarlo.

Nada más lejos de la realidad.

No te preocupes, Pepe.

Acaba de nacer tu mayor maestro.

Me pareció maravilloso.

Porque es exactamente así.

Cuando nace tu hijo,

es tu responsabilidad enseñárselo todo.

A comer.

A andar.

A hablar.

A comportarse.

A distinguir lo que está bien de lo que está mal.

A ser educado.

A decir gracias.

A pedir por favor.

A levantarse.

A perder.

A ganar.

En definitiva, a vivir.

Y mientras lo haces,

descubres que él te enseña aún más a ti.

Los niños nos enseñan más que nadie en este mundo.

Y lo hacen sin querer.

Simplemente poniéndote a prueba.

Simplemente enseñándote de lo que eres capaz.

Simplemente mostrándote quién eres cuando ya no puedes más.

Porque cuando enseñas,

son siempre dos los que aprenden.

Y con tus hijos te das cuenta de algo que siempre has sabido:

os errores que no corriges

se convierten en carácter.

Y eso no quieres pasárselo a tus hijos.

No quieres que tu carácter sea el suyo.

No quieres que tus errores sean los suyos.

Quieres que comentan sus propios errores.

Muchos.

Que se equivoquen.

Que aprendan.

Que sigan adelante.

Y que con todo ello forjen su identidad,

su personalidad

y su propia forma de ver la vida.

Y entonces,

mientras se bañan en la piscina comunitaria

y juegan con otros niños,

podrás mirarlos desde la distancia.

Sonriendo.

Recordando.

Amando cada minuto que pasas con ellos.

Pepé no dejó de meditar aquella mañana.

Simplemente, cambió de maestro.

Te leo.

Iñaki Arcocha

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